Escrito el 17 septiembre, 2009 - por JZ
La Colonoscopia
Una Colonoscopia no es un estudio sociológico sobre antiguos hombres de mar que pudieron llegar a América antes que Cristóbal Colón, ni una encuesta sobre los indios que habitaban en el Nuevo Continente cuando llegó el almirante… La exploración del intestino grueso con colonoscopio es una de las mayores cabr onadas que se le pueden hacer a un sufrido paciente que, en una consulta gástrica, se queje de dolores abdominales o flojedad evacuatoria. Maldito término, de malditas consecuencias cuando el médico concluye: “Será mejor un estudio profundo del tema”. ¿Qué profundidad doctor? Se pregunta uno en silencio.
Quienes hayan pasado la experiencia dejan de afirmar con rotundidad aquello de “a mí, ni el pelo de una gamba”. Entre otras cosas, porque los tubos flexibles -armados de cámara, insuflador de aire, luz y casi taquígrafo-, tienen un grosor notablemente superior. Vaya experiencia desagradable hacen pasar los galenos por tener la osadía cualquier sano paciente de padecer una persistente diarrea. Mis abuelas lo resolvían con agua de arroz y limonada.
Póngase en situación: En una fría sala (el aire acondicionado y la exagerada presencia de metal convierten siempre esas salas en frías), le tumban de lado, costado derecho hacia arriba, piernas juntas y ligeramente flexionadas, vistiendo sólo bata con apertura posterior. “Tranquilo, relájese”, dicen a coro médico y enfermeras, o doctora y sanitarios. Y sin tener tiempo a mentalizarse siente unos dedos enguantados engrasando una de las partes ocultas que más cuesta enseñar, el único cero que no tiene pareja, como los ojos o las orejas, en el cuerpo humano.
Casi sin reponerse del toqueteo… ¡zas! Un tubo le ataca la retaguardia y comienza una exploración tan incómoda e insufrible que sólo alivia el temor a que el estudio se lo hagan anestesiado, en los brazos de Morfeo. Porque entonces toda esa mala experiencia se reduce a estar más de una semana pensando por qué aquel sanitario de gestos femeninos salió a la puerta de la clínica para despedirle. Vivirá por siempre atormentado pensando qué pasó después de acabar la prueba y hasta que despertó. Nunca olvidará la cara del enfermero cuando le dijo en la puerta: “Déjame tu teléfono guapo y te llamo otro día”.


